El ego se identifica con lo que se tiene, pero la satisfacción
que se obtiene es relativamente efímera y de corta duración. Oculto dentro de él
permanece un sentimiento profundo de insatisfacción, de "no tener suficiente",
de estar incompleto. "Todavía no tengo suficiente", dice el ego
queriendo decir realmente, "Todavía no soy suficiente".
Las formas de pensamiento de mi y mío, más que, quiero,
necesito, preciso tener y no es suficiente, no se relacionan con el contenido
sino con la estructura del ego. El contenido es intercambiable. Mientras no se reconozca
la existencia de esas formas de pensamiento y permanezcan en el inconsciente,
estamos sujetos a creer en ellas; estamos condenados a manifestar esos
pensamientos inconscientes, condenados a buscar sin encontrar, porque cuando
operan esas formas de pensamiento no hay nada que pueda satisfacernos, ninguna
posesión, ningún lugar, ninguna persona ni ninguna condición.
Independientemente de lo que tengamos u obtengamos, no podremos ser felices.
Siempre estaremos buscando algo que prometa una mayor realización, que encierre
la promesa de completar el ser incompleto y de llenar esa sensación de carencia
que llevamos dentro.
LA IDENTIFICACIÓN CON EL CUERPO
Aparte de la identificación con los objetos, otra forma
primordial de identificación es con mi cuerpo. Ante todo, el cuerpo es
masculino o femenino, de manera que el sentido de ser hombre o mujer absorbe
buena parte del sentido del ser de la mayoría de las personas. El género se
convierte en identidad. La identificación con el género se promueve desde los
primeros años de vida y obliga a asumir un papel y a amoldarse a unos patrones
condicionados de comportamiento que inciden en todos los aspectos de la vida y
no solamente en la sexualidad. Es un papel en el cual quedan atrapadas
totalmente muchas personas, generalmente en mayor medida en las sociedades
tradicionales que en la cultura occidental, donde la identificación con el género
comienza a disminuir ligeramente. En algunas culturas tradicionales, el peor destino
para una mujer es ser soltera o infértil, y lo peor para un hombre es carecer
de potencia sexual y no poder producir hijos. La realización en la vida es sinónimo
de la realización de la identidad de género.

En Occidente, la apariencia física del cuerpo contribuye en gran
medida a nuestro sentido de lo que creemos ser: su vigor o debilidad, su
belleza o fealdad en comparación con los demás. Muchas personas consideran que
su valor es proporcional a su vigor físico, su apariencia, su estado físico y
su belleza externa. Muchas sienten que valen menos porque consideran que su
cuerpo es feo o imperfecto.
En algunos casos, la imagen mental o el concepto de "mi
cuerpo" es una distorsión completa de la realidad. Una mujer joven, sintiéndose
pasada de peso, puede matarse de hambre cuando en realidad es delgada. Ha
llegado a un punto en que ya no puede ver su cuerpo, lo único que
"ve" es el concepto mental de su cuerpo, el cual le dice, "soy
gorda", o "engordaré". En la raíz de esta condición está la
identificación con la mente. Ahora que las personas se identifican más con su
mente, intensificando la disfunción egotista, ha habido un aumento considerable
en la incidencia de la anorexia. La víctima podría comenzar a sanar si pudiera
mirar su cuerpo sin la interferencia de sus juicios mentales, o si pudiera al
menos reconocer esos juicios por lo que son en lugar de creer en ellos o, mejor
aún, si pudiera sentir su cuerpo desde adentro.
Quienes se identifican con su físico, su vigor o sus
habilidades, sufren cuando esos atributos comienzan a desaparecer, lo cual es
inevitable, por supuesto. Como su misma identidad se apoyaba en ellos, se ven abocados
a la destrucción. Las personas, bien sean bellas o feas, derivan del cuerpo
buena parte de su identidad, sea ésta positiva o negativa. Dicho más
exactamente, derivan su identidad del pensamiento del yo que asignan erróneamente
a la imagen o el concepto de su cuerpo, el cual no es más que una forma física
que comparte la suerte de todas las formas: la transitoriedad y, finalmente, el
deterioro.
Equiparar con el "yo" al cuerpo físico percibido por
los sentidos, el cual está destinado a envejecer, marchitarse y morir, siempre
genera sufrimiento tarde o temprano. Abstenerse de identificarse con el cuerpo no
implica descuidarlo, despreciarlo o dejar de interesarse por él. Si es fuerte,
bello y vigoroso, podemos disfrutar y apreciar esos atributos, mientras duren.
También podemos mejorar la condición del cuerpo mediante el ejercicio y una
buena alimentación. Cuando no equiparamos el cuerpo con la esencia de lo que somos,
cuando la belleza desaparece, el vigor disminuye o no podemos valernos por
nosotros mismos, nuestro sentido de valía o de identidad no sufre de ninguna
manera. En realidad, cuando el cuerpo comienza a debilitarse la luz de la
conciencia puede brillar más fácilmente a través del desvanecimiento de la
forma.
No son solamente las personas que poseen cuerpos hermosos o casi
perfectos quienes tienen mayor probabilidad de equipararlo con su ser. Podemos
identificarnos fácilmente también con un cuerpo "problemático" y
convertir la imperfección, la enfermedad o la invalidez en nuestra propia
identidad. Entonces comenzamos a proyectarnos como "víctimas" de tal
o cual enfermedad o invalidez crónica. Nos rodeamos de la atención de los médicos
y de otras personas que confirman constantemente nuestra identidad conceptual
de víctimas o pacientes. Entonces nos aferramos inconscientemente a la
enfermedad porque se ha convertido en el aspecto más importante de la noción
del ser. Se ha convertido en otra forma mental con la cual se puede identificar
el ego.
Cuando el ego encuentra una identidad, no se desprende de ella.
Es sorprendente, pero no infrecuente, que al buscar una identidad más fuerte,
el ego opte por crear enfermedades a fin de fortalecerse a través de ellas.