Cuando
dos personas interactúan, entran en juego dos personalidades, dos egos, con sus
respectivas experiencias acumuladas incluso desde el momento en que fueron
concebidos, y sus particulares maneras de asimilar, interpretar e integrar
estas experiencias. Por eso ante un hecho que a una a persona no le mueve nada
internamente, otra se puede sentir ofendida y/o atacada. Esta dinámica se puede
observar de manera continua en las relaciones cuando uno no entiende la
reacción del otro, y viceversa.
Contrario
a lo que se piensa, el ego no se manifiesta sólo a través de una actitud de
superioridad o una exacerbada autoestima, sino que “ego” es todo pensamiento,
creencia limitante, o emoción, que te aleja de tu libertad interior. Y
“libertad” no es sólo disponer del espacio vital que necesitamos para respirar,
el concepto de libertad va mucho más allá. Libertad es poder ser tú mismo. Si
te detienes un momento, quizá observes en ti mismo o a tu alrededor, que puede
haber cierta tendencia a culpar a los demás de la sensación de agobio o falta
de libertad que una persona experimenta. Pero lo que te hará sentirte libre, es
tomar consciencia de que el único carcelero eres tú mismo, y los barrotes de
cada celda, son los miedos, las preocupaciones, las inseguridades, etc. Y
cuanto más grandes sean estos, más gruesos son los barrotes, y de ello depende
que puedas ver a través de ellos, o que tengas la sensación de estar
completamente encerrado.
Veamos
algunos ejemplos: Si crees que eres inferior
a otra persona, esa creencia proviene del ego, porque ese pensamiento te impide
expandir tu verdadero potencial, puesto que pones los límites a éste desde el
momento en que te comparas. Algunas personas no se comparan con nadie en
particular, sino que lo hacen con su propia imagen de lo que deberían ser, y su creencia de
inferioridad les dice que no son como debieran.
Y esta creencia de inferioridad les lleva a tener determinado tipo de
relaciones.
Si
crees que debes actuar con rabia
para defenderte, ese pensamiento también proviene del ego, porque en el fondo
crees que para que no abusen de ti tienes que estar a la defensiva, porque
quizá es el único modo que conoces para poner límites, cuando éstos, deben
nacer de la seguridad y la confianza que habita en tu interior.
Quizá
en un pasado abusaron de ti, te engañaron, o te sentiste rechazado, y temes que
eso se vuelva a repetir, y por eso recurres a la rabia, a los celos, a la
desconfianza, al miedo, o a todo un abanico posible de emociones que se repiten
de forma recurrente sin saber por qué. Esas emociones son el mecanismo de
defensa de tu ego porque éste cree que así evitarás volver a atravesar el mismo
tipo de experiencia dolorosa. Lo que ocurre es que estos mecanismos pueden
convertirse en una trampa, pueden convertirse en tu propia cárcel, porque desde
el momento en que los utilizas te niegas a ti mismo la posibilidad de que las
cosas puedan ser de otra manera, y esto repercute en ti y en tus relaciones.
Hay
personas que nunca se permiten enfadarse o expresar su rabia porque si no se
sienten culpables; esto también es actuar desde el ego, porque hay culpa, hay
miedo, y una creencia en su interior que le dice que si expresa lo que siente,
no es buena, o no le van a querer. De la misma forma, quien tiene tendencia a
defenderse con rabia sin ningún tipo de pudor, no se permite estar en un estado
de armonía, y atrae situaciones de agresión a su vida, porque está vibrando
continuamente en esa frecuencia de rabia.
Hay
quien no toma contacto con su dolor, quien no se permite experimentar tristeza,
y en lugar de indagar en lo que ocurre en su interior, se coloca la coraza y lo
expresa a través del enfado, la rabia o el orgullo. Y en el extremo opuesto
está quien por no expresar su enfado cae en una profunda tristeza, que en
ocasiones llega hasta la depresión, por no haber expresado a tiempo su opinión,
y se convierte en enfado reprimido, con los demás y/o consigo mismo.
Todos estos estados provienen de historias sin resolver y hacen más difícil el
libre fluir en las relaciones.
En
éstas, es importante que cada miembro se conozca a si mismo, para reconocer y
ver venir, aquellos aspectos en los que su ego puede interferir, y al ser
conscientes de ello, poder dar el giro para relacionarse desde el amor, que es
el que une, en vez de desde el ego, que es quien separa. Pero tampoco es
cuestión de rechazar el ego, pues hay que honrarle y darle las gracias cada vez
que le veamos aparecer, puesto que es una herramienta muy importante para
crecer, pues observando cómo actúa, podemos hacernos conscientes de muchas
cosas; la cuestión entonces es, identificarle y aprender a vivir sin que nos
condicione.
Las
emociones pueden ser nuestros aliados y no nuestros enemigos, cuando tratamos
de aprender de ellas en lugar de dejarnos dominar por ellas. Eso no
significa que no las podamos sentir, ¡claro que sí! Está bien identificarlas,
ponerles nombre, saber en qué parte del cuerpo las sentimos, y honrarlas.
Prueba a hablar con ellas, diles: ¿Qué me quieres decir? Escúchalas. No las
niegues, pues si las niegas saldrán con una fuerza tal que te desbordarán.
Tenlas en cuenta.
No
hay emociones buenas ni malas, todas forman parte de nosotros, pero las vivimos
de manera más armónica cuando están debidamente aspectadas, en equilibrio, para
saber discernir en cada momento si estamos actuando o reaccionando.
“Reaccionar” implica pérdida de control sobre lo que haces dejado llevar
impulsivamente por las creencias del ego. “Actuar” implica tomar la acción
estando conectado con tu centro, implica discernir si lo que haces es desde el
corazón o desde el ego, desde el amor o desde el miedo, desde la paz o desde el
desasosiego.
Vivir
reaccionando, en el marco de las relaciones, en ocasiones te lleva a decir
cosas que en realidad no quieres decir porque en el fondo no las sientes, y por
eso, luego viene un sentimiento muy grande de arrepentimiento. Con un poco de
suerte, a veces se pide perdón, y otras más desafortunadas, el orgullo hace que
te quedes con las ganas de decir “lo siento”.
Dejarse
llevar por el orgullo es otra forma de reaccionar,
pues no haces lo que en realidad deseas, que es relacionarte desde el corazón,
sino que permites que el orgullo se haga dueño de ti. Y la razón por la que esa
situación se repite una y otra vez es porque así te sientes menos vulnerable.
Olvidaste que tu fortaleza reside en no tener miedo a expresarte con
sinceridad, con amor y con respeto. Olvidaste que en el fondo lo que anhelas es
relacionarte con el otro sintiendo su profundidad, porque olvidaste que el
otro, eres tú mismo. Y al olvidarlo, te desconectas de ti y de la otra persona.
Y la única manera de volver a conectarse, es conectar con la inocencia del
niño, que no teme a nada, porque en su inocencia está su fortaleza, y desde
ahí, mirar con amor cualquier situación y/o persona, y en primer lugar a ti
mismo. Al sentir amor por ti mismo, conectas con tu centro, y al conectar
contigo ya estás preparado para conectar con el yo profundo del otro, para reconocer al otro por quien “Es”, por
su verdadera esencia, y cuando experimentas esto, el orgullo no tiene cabida, y
quieres experimentar ese amor, esa conexión, una y otra vez. Porque ese amor
que nace dentro de ti, esa inocencia y esa conexión es lo que te hace libre. Y
entonces, surge una nueva forma de relacionarte…
CRISTINA
CÁCERES. Psicóloga
(Publicado
por la revista Espacio Humano, Noviembre, 2011)

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