La fe
no es algo que tú puedas alcanzar. Si la tratas de sujetar con clavos, se
levanta y se va con el clavo. La
fe funciona de la siguiente manera: hay días en los que eres capaz de caminar
sobre las aguas, y otros días te hundes como una piedra. Vives con un profundo
secreto, dice el poeta Rumi, que en ocasiones conoces y de repente no, y
entonces lo vuelves a conocer. Algunas veces la sientes realmente presente y
otras realmente ausente. ¿Por qué?
Porque como el amor, la fe es un viaje, con constantes subidas y bajadas, con periodos alternativos de fervor y sequedad, con consolaciones que son el camino a la desolación, con momentos de gracia en los que Dios se siente tangiblemente presente eclipsado por las noches oscuras en las que se siente la ausencia de Dios. Es un estado extraño: a veces te sientes con la mirada clavada en Dios, como el acero, otras sientes que estás en caída libre de toda seguridad y entonces, justamente cuando crees que has llegado al fondo, sientes de nuevo la presencia de Dios.
Porque como el amor, la fe es un viaje, con constantes subidas y bajadas, con periodos alternativos de fervor y sequedad, con consolaciones que son el camino a la desolación, con momentos de gracia en los que Dios se siente tangiblemente presente eclipsado por las noches oscuras en las que se siente la ausencia de Dios. Es un estado extraño: a veces te sientes con la mirada clavada en Dios, como el acero, otras sientes que estás en caída libre de toda seguridad y entonces, justamente cuando crees que has llegado al fondo, sientes de nuevo la presencia de Dios.
¿Por qué la fe tiene esta dinámica tan
confusa? No es porque Dios sea cruel, esté jugando con nosotros, quiera probar
nuestra fidelidad, o quiera ponernos algunas dificultades para poder ganarnos
la salvación. No, las subidas y bajadas
en la vida de fe tienen que ver con los ritmos de la vida ordinaria,
especialmente con el ritmo del amor. El amor, como la fe, también tiene sus
periodos de fervor y sus noches oscuras. Todos nosotros sabemos que en el
seno de cualquier compromiso a largo plazo (matrimonio, familia, amistad o
iglesia) habrá ciertos días y periodos enteros en los que nuestra cabeza y
nuestro corazón no están en el compromiso realizado, incluso estando plenamente
centrados en él. Nuestras cabezas y nuestros corazones entran y salen, pero experimentamos
el amor como algo definitivo que está por encima de nuestra cabeza y muestro
corazón. Algo más profundo nos sostiene, y nos sostiene en un momento
dado más allá de los pensamientos de nuestra cabeza o de los sentimientos de
nuestro corazón.
En cualquier compromiso sustentando en el amor, nuestras mentes y nuestros corazones experimentarán algo así como lo que en el mundo del sonido se llama un fundido de entrada y un fundido de salida. Algunas veces hay fervor y en otras todo es plano. La fe funciona de la misma manera. Algunas veces sentimos y palpamos la presencia de Dios son nuestra mente y nuestro corazón y otras ambas nos abandonan dejándonos planos y secos. Pero la fe es algo más profundo que imaginar o sentir la presencia de Dios. Pero ¿Cómo llegamos a esto? ¿Qué deberíamos hacer en esos momentos cuando sentimos la ausencia de Dios?
En cualquier compromiso sustentando en el amor, nuestras mentes y nuestros corazones experimentarán algo así como lo que en el mundo del sonido se llama un fundido de entrada y un fundido de salida. Algunas veces hay fervor y en otras todo es plano. La fe funciona de la misma manera. Algunas veces sentimos y palpamos la presencia de Dios son nuestra mente y nuestro corazón y otras ambas nos abandonan dejándonos planos y secos. Pero la fe es algo más profundo que imaginar o sentir la presencia de Dios. Pero ¿Cómo llegamos a esto? ¿Qué deberíamos hacer en esos momentos cuando sentimos la ausencia de Dios?
El gran místico San Juan de la Cruz nos
ofrece el siguiente consejo. Si quieres encontrar la presencia de Dios de
nuevo, en esos momentos cuando se siente su ausencia, escucha una palabra llena
de realidad e insondablemente verdadera.
¿Qué quiere decirnos con esto? ¿Cómo se
escucha esa palabra llena de realidad y de insondable verdad? ¿Cómo podemos
siquiera encontrar dicha palabra? Para ser honestos, no estoy seguro de lo que
San Juan de la Cruz quiere decir inclusive si sus palabras explotaran dentro de
mi cabeza con posibles significados. La frase podría ser fácil de desenredar si
nos estuviera invitando a buscar una experiencia que sea profunda y plena de
realidad; por ejemplo, dar a luz a un niño, sentirse cautivado por una belleza
excepcional, o tener tu corazón roto por una pérdida o una muerte. Esta clase
de experiencias es real, insondablemente verdadera y nos lanza a una conciencia
más profunda; así, si es posible encontrar a Dios ¿no debería encontrarse aquí?
Pero San Juan de la Cruz no está
refiriéndose a una experiencia más profunda; nos pide que busquemos una palabra
que traiga consigo realidad y profundidad. ¿Significa esto que cuando nos
sentimos inestables y en duda deberíamos ir a la caza de textos (en la
escritura, en la teología, en la espiritualidad, o en la literatura secular o
en la poesía) que nos hablen de tal manera que nos establezcamos en una especie
de sentido primario de que Dios existe y nos ama y que por ello deberíamos vivir
en el amor y la esperanza?
Sospecho que esto es exactamente lo que San
Juan de la Cruz quiere decir. Dios es uno, verdadero, bueno y bello y por eso
la palabra correcta para hablar de la unidad, la verdad, la bondad o la belleza
debería tener el poder de transformar nuestras inestables mentes y corazones. La palabra correcta puede hacer que la Palabra
se haga carne de nuevo. Pero ¿qué palabras tienen el poder de hacer esto en
nosotros? Todos somos diferentes y no
encontramos la verdad y la profundidad de la misma manera. Cada uno de
nosotros necesita necesariamente hacer su propia, profunda y personal búsqueda.
Para mí, las palabras de varios autores me
han llevado en ocasiones y en diferentes momentos de mi vida a este tipo de
convicción. La “Historia de un Alma” de Teresa de Lisieux me han dado
estabilidad en momentos de duda; “Las uvas de la ira” de John Steinbeck aún
guían mi mirada cuando el horizonte aparece nublado; algunas páginas de Karl
Rahner, John Shea, Raimond Brown y Henry Nuowen pueden ayudar a estabilizar mi
barco cuando se balancea; y algunas palabras de Dag Hammarskjold puede hacer
que quiera vivir reflejando más la grandeza de la vida.
Pero cada uno de nosotros necesita buscar
sus propias palabras que estén llenas de realidad y sea, insondablemente verdadera
de manera que nos evoquen un sentimiento y presencia de Dios.
Texto publicado por Cuidad Redonda


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