El club de los poetas
suicidas - Fragmento
25 de septiembre de
1972, Alejandra Pizarnik deambula en la noche eterna a la que se ha exiliado,
sufre cada segundo de lo que otros llaman vida, todo le conmueve y la abruma,
nadie comprende el por qué su piel es tan permeable a la desesperación.
Pero allí esté la
amargura continua, las rutinas del aire que se empeña en entrar a sus pulmones,
el sol que amenaza con levantarse terco sobre un horizonte que ya no sabe distinguir.
Quiere huir, de este mundo, de sí misma, de esa conciencia que la hace abrir
los ojos y ver de frente las sombras que acompañan a los seres que pueblan su universo
de amargura. Toma al frasco de barbitúricos, ese que ha mirado tantas veces en las
noche que aturden su silencio. ¿Por qué no? ¿Para qué seguir? ¿Cual| es el
sentido en un mundo donde la maldad subsiste a inmola al deseo? Solo una más, piensa
hasta quedarse dormida, inconsciente y por primera vez en paz, en esa noche que
la oculta para siempre de sí misma.
La noche
poco se de la noche
pero la noche parece saber de mí,
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con las estrellas.
Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte,
tal vez la noche es nada
y las conjeturas sobre ella nada
y los seres que la viven nada.
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos araña el alma con sus recuerdos.
Pero la noche ha de conocer la miseria
que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.
ella ha de arrojar odio a nuestras miradas
sabiéndolas llenas de interés, de desencuentros.
Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre.
Alguna vez volveremos a ser
Pero no en esta vida
Articulo completo por Mercedes Mayol
Revista Justa de noviembre
pág. 24

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